Pathos Teatro: hacer escena desde lo que duele
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Pathos Teatro: hacer escena desde lo que duele

mayo 09, 2026 · 6 minutos

Pathos Teatro es una compañía profesional e independiente fundada en Colima en 2022 por Flor Larios —actriz, productora y directora con más de veinte años de oficio—, junto con Carmen Solorio y Paco Novoa. La compañía es joven; sus integrantes traen distintas formas del mismo rigor. Solorio acumula más de cuatro décadas de trayectoria escénica y una labor pedagógica que ha pasado por el Instituto Universitario de Bellas Artes y por el Taller Experimental de Teatro Universitario que ella misma fundó en 2013. Larios fue ganadora del Programa de Fomento y Coinversiones Culturales 2023 (PFCC) con la primera producción de Pathos Teatro, Para soñar que no estamos huyendo, y suma créditos como actriz invitada en la Compañía Nacional de Teatro, bajo la dirección de Luis de Tavira, y una participación en el Festival Mêli Môme de Reims. Novoa, el más joven del trío, llega con una trayectoria que ya respalda sus proyectos en escena y en cine.

El nombre no es ornamento. Pathos —del griego πάθος— designa el sufrimiento, la emoción intensa y, en la retórica aristotélica, el modo de persuasión que apela al reconocimiento del otro. La compañía toma esa raíz como declaración de método: hacer una escena que conecte, que duela y que, al doler, transforme.

Los temas

En sus primeras producciones —Para soñar que no estamos huyendo (2023), de Ana Francis Mor, y Cremación, de Juan Villoro— se delinea con claridad un perfil curatorial. Pathos elige dramaturgia mexicana contemporánea de primer nivel, con peso literario, y la aborda en clave tragicómica: la risa amarga como modo de soportar lo insoportable. La obra de Mor dialoga con Ricardo III desde una frontera anónima donde el poder masculino decide qué mujeres viven; la de Villoro reúne a cuatro hermanos en torno a un padre que cruza de Estados Unidos a México y muere en el desierto. Distintas en superficie, ambas comparten un modo: lo político no como discurso, sino como condición de fondo; los personajes no como símbolos, sino como cuerpos contradictorios. Una dramaturgia que privilegia el pulso literario sobre la consigna y el matiz sobre la respuesta. Pathos recorrió cinco municipios de Colima con Para soñar…; este mayo estrena la segunda puesta en escena.

Cremación: cuatro hermanos, un padre que ya no está

Cremación, escrita por Juan Villoro, sucede en el presente de una sala de espera funeraria y se desplaza intermitentemente al pasado de los hermanos y a un futuro común: el funeral del padre en Estados Unidos, donde cada hijo —Scott, Gordon, Alina, Juanita— ofrece un discurso desde un podio. El elenco lo integran Flor Larios, Nury Sandoval, César Fajardo y Paco Novoa. La estructura misma de la obra, con su contrapunto entre la espera mexicana y los responsos norteamericanos, organiza temporalmente lo que es, en el fondo, un problema de pertenencia.

Migración y frontera. El padre es un estadounidense que en algún momento eligió México como su futuro. Muere contra la lógica habitual de la migración: cruza la frontera de regreso —desde Calexico hacia el sur—, y queda en el desierto, sin papeles, como tantos migrantes pero al revés. Villoro invierte así el sentido del cuerpo en el desierto: aquí el muerto es un gringo que se mexicanizó. La frontera deja de ser una línea geográfica para convertirse, en boca de Juanita, en una condición existencial. Respirar: perder fronteras. Cruzar y dejar de cruzar. Pertenecer a un lado y al otro, o a ninguno.

La ausencia del padre. El padre no aparece en escena. Está hecho de relatos contradictorios, de dichos repetidos —decía “problemo” en lugar de “problema”—, de remesas mensuales recogidas al fondo de una mueblería, en una ventanilla anónima. Los hijos lo reconstruyen a fragmentos, con afecto y reproche, y descubren que reconstruirlo es también, inevitablemente, inventarlo. La obra hace del duelo un acto de escritura: hablar del muerto es decidir qué muerto se está enterrando.

Identidad y memoria. Los nombres del reparto ya son un programa: Scott, Gordon, Alina, Juanita —“una serie mocha”, dice Alina—. El padre, que admiraba a los Niños Héroes y quería él mismo ser mexicano, los inscribió en una escuela que llevaba ese nombre: como si su propio anhelo de pertenencia pudiera transmitirse a los hijos por nominación. Crecen entre dos lenguas, dos historias, dos genealogías. La memoria, en Cremación, no opera como continuidad sino como negociación: cada hermano recuerda distinto, cada hermano se inventa su versión del padre, y el funeral se convierte en el escenario donde esas versiones colisionan. Villoro escribe una obra que es, finalmente, sobre cómo se construye un yo a partir de relatos heredados que ya no se pueden verificar.


Que Pathos Teatro elija este texto no es casualidad. Cremación trabaja, en clave íntima, los mismos vectores que Para soñar… trabajaba en clave política: la frontera, el desplazamiento, la voz que falta, el poder de quien decide cómo y por quién se cuenta. La compañía afina así una poética que no se conforma con denunciar lo evidente y prefiere, en cambio, formular las preguntas más incómodas: las que nos involucran personalmente.

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